En
un día un poco caluroso para las fechas que correspondían nació una niña con
una sonrisa en la cara. Su corazón era fuerte y enérgico, pero los médicos
sabían que había nacido con fecha de caducidad. Es por eso, que le pusieron
otro corazón.
Quizás
porque se trataba de un caso extraordinario los médicos no fueron conscientes
que aunque podría sobrevivir a las tempestades, llevaría consigo otras
consecuencias. La primera fue el cuidarse. Por mucho que no protegiera el
corazón expuesto, esté llevaba peor todo, los cambios de tiempo, el ejercicio,
etc. Con el paso de tiempo la niña fue descubriendo las formas de solventar el
frío, los saltos y muchas caídas. Para eso estaba la vida, ¿no? Para
enfrentarse, madurar, y hacerse fuerte o preventivo. Pero ese no fue el mayor
de sus preocupaciones, lo que en un principio parecía locura transitoria se fue
magnificando. Todo el mundo prestaba atención al pobre corazón exterior, pero
se habían olvidado del interior. Resulta, que la niña se sentía diferente. Los
libros le emocionaban, una canción era capaz de llevarle a sitios donde nadie
podía pensar, vivía las emociones de otros como si fueran suyas y caía rendida
a la tristeza de forma severa. Los médicos lo llamaron depresión, le dieron
pastillas, pero ella seguía emocionada con una guitarra suave. Su corazón
interior temblaba con las muestras de cariño, eran su droga, pero al mismo
tiempo que las recibía, se sumía en la más profunda oscuridad incomprendida.
¿Es
que nadie entendía su visión? Lo que ella llamaba locura transitoria nadie era
capaz de sentirla la mitad de lo que veía. Solo, cuando gritaba de dolor porque
lo sentía, sabía que exponía un ejemplo de lo que le sucedía. Ella miraba su
corazón interior, sabía que algo era diferente al resto, sabía que, a pesar de
lo afortunada que era de tener dos corazones, algo no cuadraba.
El
corazón interior, no es que tuviera fecha de caducidad, es que era sensible. El
corazón exterior estaba para evitar que el interior, que tendía a los
sentimientos más puros, se autodestruyera ante tanta intensidad.
El
mundo no está hecho para sensibles solitarios. Éstos, necesitan siempre ayuda
de otros. Y los médicos de aquella clínica, sabía lo que tenían entre manos.