lunes, 20 de diciembre de 2010

El chico que tocaba la guitarra (I)


La verdad es que no existen atractivos chicos con camiseta de cuadros tocando la guitarra (acústica preferiblemente) en el alféizar de su ventana mientras paseas fumando para quitarte todas las nubes negras que últimamente pueblan tu cabeza.

Odio las pelis.


sábado, 18 de diciembre de 2010

Negar medias-verdades es mentir.


No me niegues que observar las palomas volando en el cielo, contemplar los tejados de otra ciudad y despertar con un suave ronroneo hace que tu pequeño corazón lata más fuerte y sientas tranquilidad.

No me lo niegues... o... te hago cosquillas.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Un día cualquiera.

Está todo en mi cabeza, con su banda sonora inclusive.

Te imagino tranquilo, abriendo la puerta de la biblioteca de par en par y asustando a aquellos que van a entrar por esa felicidad tan exultante que se contradice con unas manos en tus pantalones ligeramente y perfectamente caídos. La música acompaña tus oídos y tu gorro invernal de color verde oscuro tapa parte de tu revoltoso pelo que hoy, para variar, no quiso colocarse donde debía.

Sonreirás al verme sentada en aquellos bancos grises al tiempo que muevo los dedos como si estuviera tocando un piano de cola negro. No podrás reprimir esos abrazos que tan extrañamente brotan de tus emociones y aun menos los dos sonoros besos que dicen chus chus.

Bailarás sobre tus vans negras para hacerme sonreír y cogerás mis manos para que se calienten en estos días fríos de invierno. Me empujarás en algún momento para que comience con el pique y cuando responda saldrás correteando por la acera de la Avenida Complutense sabiendo que mi velocidad y mi torpeza no podrán alcanzarte.

Llegaremos al metro que tanto conocemos, irás en dirección contraria y desde el otro andén escribirás las horas que quedan para vernos mañana en tu mano con un rotulador negro.

Conseguirás lo que estabas buscando: mi sonrisa.

martes, 7 de diciembre de 2010

Espero.


Aquella estatua de Rodin hacía que me sintiera como en casa, como si todo lo que hice mal se quedara atrás y nunca volviese a salir. Pero sé que no es así, y que lo más probable es que todo lo que no debí hacer, volviera en forma de maremoto.



Escrito en el Cosmocaixa Madrid a las 11.17 del 7 de Diciembre del 2010.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Dos dedos.


Era una vez dos dedos diferentes. Uno del sur, otro del norte, uno moreno, otro rubio, uno largo, otro corto, uno arrugado, otro liso. Eran dos dedos diferentes que llevaban bufandas gordas al cuello. Eran dos dedos diferentes con diferentes historias. Eran dos dedos diferentes que no tenían bien colocada la cabeza y por ello no eran del todo felices.

Para ello cada dedo colaboró uno con el otro a su manera. Uno hablando y otro gastando bromas, otro comentando y otro opinando. Un dedo dejó de sonreír, y el otro dedo le pinto una sonrisa en el índice, paran que al señalar mostrara sus dientes. En cambio, al otro dedo se le partió el corazón y para ello le pintó dos sonrisas valientes que se querían sólo con la mirada.

Era una vez dos dedos diferentes, era una vez dos dedos musicales, era una vez dos dedos guays a los que le gustaban los suéter de los años 80.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Paz interior.


La paz interior es tan subjetiva, que para uno es contemplar un mar en tempestad, otro es ir al cine, otro es tocar la guitarra y otro empanarse viendo al que toca la guitarra. En mi caso mi paz interior se manifiesta cuando mi mirada es un conjunto de emociones que transmiten calidez y en una sonrisa sincera simulada en muchos casos por el teclado de mi ordenador.

Siento confesarte apreciado amigo que tu eres mi paz interior y para intrigarte, no voy a contarte la causa. Mira esta magnífica cara, y ven a pegarme si quieres (y te atreves).



(ja!)

jueves, 25 de noviembre de 2010

Palabras.


Cada vez que surgen esas palabras en la conversación mi cuerpo se tambalea, haciendo temblar mis cimientos, mis piernas. Mi mente se bloquea, se llena de nubes negras y mis ojos llueven, pero no como cántaros, sino poco a poco deslizan su agua salada por mis marcadas mejillas.

El pánico de dar dos pasos hacia atrás hace que vuelva por ese camino oscuro, de noches con canciones que seducen, de bailes de borrachos, de despertares en parajes desconocidos y de una carga en mis espalda llamada vergüenza.

Por favor, no digas esas palabras... por favor.